El aborto es sagrado

USTEDES que me leen a menudo, Dios se lo pague, no se sorprenderán en absoluto de verme encantado con la escandalera de las feministas de Femen en el Congreso de los Diputados. Lo habían adivinado, ¿no es verdad?

Para empezar, si yo defiendo el pudor es, más que nada, en legítima defensa de la sensualidad, que es muy sensible y delicada, y se la lleva un resfriado o una corriente de aire. Que un top-less cualquiera alborote de tal modo el patio mediático, qué quieren que les diga, me devuelve la esperanza, que tenía perdida tras un verano de tanto insulso top-less, incapaz de escandalizarme ya ni a mí. Cierto que la intención de las muchachas no era erotizar, sino provocar, pero lo hacían así, y yo me alegro de que vuelvan a tirar más que dos carretas, como antaño.

Más serio me parece el lema de sus pintadas y sus gritos. Que "el aborto es sagrado" es una verdad como un templo -pagano, pero templo-. Eso vengo diciéndolo yo desde hace años, pero, sea porque me faltan encantos o decibelios o donosura o chispa o desparpajo, no tuve eco. Aprovecharé, pues, el rebufo de las espléndidas retóricas de las muchachas de Femen: el aborto es sagrado, efectivamente, porque no hay razones científicas, jurídicas, humanitarias o de conveniencia que justifiquen la cobertura legal y económica que hoy recibe en nuestra descristianizada sociedad. La genética ha dejado claro que desde el momento de la concepción hay un ser humano único y diferenciado, el Derecho -aborto aparte- considera al nasciturus merecedor de protección, hay miles de parejas deseando adoptar, nuestra pirámide poblacional se viene estrepitosamente abajo, la vida es el presupuesto de todo y disponemos de medios médicos, sociales y asistenciales para llevar a buen puerto cualquier embarazo; por tanto, la obcecación en el aborto de nuestros sistemas políticos no puede responder en el fondo sino a la exigencia numinosa de lo sacro, en versión sacrificio a Baal o vaya usted a saber a quién.

Hay una tercera lectura: si lo sagrado antes era la vida y ahora el aborto, ahí tenemos una muestra de hasta qué punto la inversión de valores ha sido total. Pero antes de entrar en modo pesimista, piensen esto: lo sagrado -bueno o malo, adorable o terrorífico, que de todo hay en lo sacro- es siempre el último refugio. Si hoy son los abortistas los que se acogen a sagrado, literalmente, es que se van quedando sin otro argumento.

Via: europasur.es


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