¿Fascismos cómicos?

El 1 de mayo, en pleno barrio de la Opera de París ocurrió una obra de opereta bufa cuyos personajes centrales fueron las sexys adalides desnudas del movimiento Femen y el viejo líder histórico del partido fascista Frente Nacional, de 87 años, el exmilitar de ultraderecha Jean-Marie Le Pen.

Para Le Pen las cámaras de gas durante el régimen nazi fueron sólo “un detalle de la guerra” y, con frecuencia, invita a realizar nuevas “horneadas” con extranjeros, judíos o inmigrantes de otros orígenes, para limpiar la sangre milenaria del país de Juana de Arco.

Celoso por el éxito de su hija Marine, a la cabeza del partido por herencia monárquica desde hace un lustro, el carcamal enfermo, recién salido del hospital, donde era tratado por problemas cardíacos, subió a la tribuna cubierto con un impermeable rojo intenso y saboteó el inicio del discurso de su hija, de quien está alejado, porque siente que le quitó el partido que él le dejó de herencia y se rodeó de jóvenes arribistas, algunos de ellos homosexuales para espanto del rancio macho, que quieren borrar la huella del impresentable vejete para gobernar el país.

Le Pen ha llevado la antorcha de la extrema derecha desde hace más de medio siglo, fiel a sus dictados más afines como la reivindicación del general Petain, quien encabezó la colaboración de los franceses durante la ocupacion nazi en la Segunda Guerra Mundial, la negación del Holocausto, el desprecio de los nativos de las ex colonias francesas de África e Indochina, la incitación a la expulsión de inmigrantes de vieja data o la división de la nación entre “franceses raizales”, milenarios, blancos y rubios como él, sus hijas y nietas, y los de raíces impuras, extranjeras, negros, magrebíes, árabes, orientales y demás, de ojos negros, cejas moras y color aceitunado.

Todo esto parece caricatural, pero es el fuego que anima a los más radicales de la nostalgia ultraderechista seguidores del viejo Le Pen, quien cedió el partido a su hija Marine, abogada más a tono con su época, que se puso como tarea “desdiabolizar” el movimiento neofascista con el nombre de Blue Marine (Azul Marina) y convertirlo en verdadera alternativa de poder, con tanto éxito que ahora las encuestas lo sitúan en primera fila y como alternativa de gobierno en cantones, pueblos y regiones.

El millonario Le Pen, tuerto, renqueante, ayudado por sus mayordomos, logró subir a la tarima para tratar de robarle el protagonismo a su hija traidora, mientras cerca de ahí las sorprendentes chicas desnudas del movimiento Femen, salían a los balcones de un hotel de la Avenida de la Ópera para hacer el signo fascista de la mano alzada, con esvástiscas pintadas en sus bellos torsos, en un espectacular performance antifascista frente a los manifestantes que desfilaban como cada 1 de mayo por las calles céntricas de la ciudad.

Las Femen fueron desalojadas con violencia ante las cámaras de todas las cadenas televisivas por el servicio de orden del partido neo nazi, cuya solemne manifestación anual en honor de Juana de Arco terminó convertida este viernes en opereta de circo, que oponía, por un lado, el padre a la hija como en las tragedias griegas, y las jóvenes desnudas a las ideas de la intolerancia racial.

Ya hubiesen soñado los surrealistas de Breton con este bochornoso espectáculo en las calles de una ciudad museo, que es la escenografía helada para 80 millones de turistas anuales, y los viejos payasos como Coluche se carcajean desde sus tumbas, aunque cierto es decirlo, el viejo LePen subido a la tarima haciendo muecas temblorosas, como salido de un sarcófago egipcio, nos recuerda que millones de personas siguen sus ideas en la tierra de Voltaire y Victor Hugo en medio de las incertidumbres de la crisis, las guerras en Oriente Medio y África,y que su auge es una verdadera amenaza para la cultura moderna y laica, que también es atacada desde otro frente por los menos uiltraderechistas del yihadismo islámico.

A medida que avanza el siglo XXI los herederos del humanismo surgido del Renacimiento y de la era de Gutenberg, los hijos de Galileo y Da Vinci, de Dante, Shakespeare y Cervantes, de Goethe y Voltaire, entre otros muchos otros amantes de la cultura y la vida, no saben muy bien si la tenaza de los neofascismos volverá a imponerse o si en la batalla de las letras, las artes, la vida y el pensamiento contra la ignoracia, la muerte y la brutalidad ganarán las primeras. Los fantasmas de Molière, Chateaubriand, Bougainville, Brillat-Savarin, Stendhal y Baudelaire, que vivieron por estos barrios en otros siglos deben rondar por estos parajes alertas como relámpagos impacientes.

 

Via: excelsior.com.mx


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